Calvino, el estratega para el nuevo milenio

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Un estratega improbable para este milenio.
Seis propuestas para convivir con las heridas organizacionales.

Marcos Bardagi

Profesor de FDC, Brasil

Ítalo Calvino, en 1985, en vísperas de un nuevo milenio, preparó seis conferencias con propuestas para el nuevo milenio y falleció antes de escribir la sexta. Sus propuestas recibieron los títulos de Multiplicidad, Levedad, Visibilidad, Rapidez y Exactitud, y aun la sexta, que no llegó a redactarse, ya estaba concebida bajo el nombre de Consistencia. Nada en estas páginas habla de mercado, competencia o ventaja competitiva. Aun así, sus propuestas responden con precisión a las heridas que aquejan a la organización contemporánea. 

Veamos primero cuáles son estas heridas. Freud, padre del psicoanálisis, reunió bajo la denominación de heridas narcisistas los tres grandes golpes que la ciencia asestó al ego humano: Copérnico nos desplazó del centro del universo; Darwin nos devolvió a nuestro parentesco animal; y el propio psicoanálisis mostró que ni siquiera gobernamos plenamente nuestra propia mente. Narciso quedó devastado. Sí, Narciso, aquel excesivamente vanidoso que pasa el tiempo admirándose en el espejo o en el reflejo de un lago, tal como lo retrató Caravaggio. Estas heridas llegaron lentamente, a lo largo de cuatro siglos; sacudieron al ser humano egocéntrico, pero no lograron doblegarlo. 

Hoy percibo otras tres grandes heridas que llegan casi simultáneamente, y temo sus consecuencias. Nuestro Narciso-Hombre se enfrenta ahora a la máquina que piensa (IA) y que disputa con nosotros el lugar de inteligencia única (y superior). Sobre nosotros se cierne la sospecha de que no estamos solos en el universo, dada la creciente aparición de exoplanetas con potencial para albergar vida. Y nosotros mismos nos infligimos la última herida: estamos comprometiendo el propio futuro de la especie al jugar irresponsablemente con el calentamiento global. 

En la gestión, toda organización revive estas seis heridas a su propia escala. No es el centro del mundo, no está bendecida por lo divino y, muchas veces, ni siquiera sabe cómo toma sus decisiones, lo que corresponde a las tres heridas originales. Las nuevas heridas también nos afectan: desconocemos si la IA nos reemplazará o nos potenciará; nos cuesta comprender que no jugamos solos; y seguimos sin orientarnos adecuadamente hacia el futuro, limitándonos con frecuencia a reproducir aquello que ya pasó. Pero las heridas narcisistas no tienen cura; debemos aprender a convivir con ellas. 

Una estrategia no es una solución, sino una hipótesis que debe ser puesta a prueba. Calvino, en su papel de estratega, no ofrece una cura, sino un camino posible. Veámoslo. 

Frente a Copérnico, el estratega aplica la Multiplicidad: la organización necesita abandonar la fantasía de ser el sol alrededor del cual todo gira y reconocerse como un nodo dentro de una red de interdependencias, parte de un ecosistema. Es lo contrario de la miopía que Levitt diagnosticó en 1960: la de quienes se definen por el producto que fabrican y no por la necesidad que satisfacen. Somos múltiples, y la fortaleza de una organización no reside únicamente en sí misma, sino también en cómo impacta y es impactada por la gran red en la que actúa. 

Frente a la herida de Darwin, aplica la Levedad, que Calvino definió como el arte de sustraer peso: aligerar el legado y desprenderse de los activos que inmovilizan, el mismo lastre que Christensen identificó como la causa del declive de las empresas establecidas. En la selección competitiva del mercado, prevalece la capacidad de adaptarse a lo que viene, no la fuerza demostrada en el pasado. 

Frente a la herida de Freud, el estratega aplica la Visibilidad: sacar a la luz aquello que decide desde las sombras, en la organización informal. Es decir, comprender los mecanismos culturales, las normas, los valores y las premisas que nos definen, pero que muchas veces permanecen en el inconsciente organizacional. Cuidar la cultura es la clave en este caso. 

Frente a la nueva herida de la máquina, del algoritmo, de lo artificial que piensa (¿realmente piensa?), Calvino propone la Rapidez. Sin embargo, conviene leerlo con atención para no confundir el antídoto con la enfermedad. La rapidez de Calvino es el festina lente, “apresúrate despacio”; exaltaba a Mercurio y Saturno reunidos en una misma persona: la agilidad que sabe cuándo detenerse. Para quienes toman decisiones, esto significa recuperar el dominio humano sobre el tiempo del juicio, incluido el derecho a desacelerar ante la respuesta inmediata que la máquina entrega con excesiva rapidez. 

Frente a la herida de no estar solos, aplica la Exactitud: interpretar al otro, a la otra cultura, a la otra lógica de mercado, con precisión analítica, rechazando el cómodo estereotipo de quien proyecta en el extranjero su propia imagen o sus propios temores. 

Queda la lección más difícil, y Calvino la dejó en blanco por obra del azar de su muerte; prefiero interpretar ese azar como un propósito. La sexta propuesta, la Consistencia, sobrevivió únicamente como una palabra escrita a lápiz, jamás desarrollada. Para el estratega, ese vacío constituye la instrucción final: el futuro no es un texto ya escrito que espera ser descifrado. El futuro debe ser creado conforme lo necesitamos; implica fidelidad a un valor a lo largo del tiempo y no un pensamiento dominado por una gestión secuestrada por el próximo trimestre. 

Que nuestro estratega improbable prevalezca y que sus hipótesis sean puestas a prueba es precisamente lo que necesitamos.